lunes, 12 de septiembre de 2011

Inocencia!








Tenían catorce años - o trece quizás- y nadie les había contado cómo funcionaba aquello. Él sólo sabía que le encantaba verla en la grada del deportivo los sábados por la mañana, cuando jugaba en el equipo del colegio su partido semanal en el campeonato escolar. Y ella sólo sabía que se pasaba la semana esperando a que llegara el sábado para que él sonriera al mirar a la grada - a ella quizás - cuando salía el equipo a calentar.

Él fue a aquella excursión porque iban sus amigos, ella porque iba él - aunque eso no lo supo hasta más tarde. Cruzaron sus primeras palabras una hora después de bajar del autobús, aunque él no las recuerda. Sí recuerda su sonrisa. Comieron juntos, compartiendo la comida que traían de casa. Por la tarde, mientras veían el atardecer desde lo alto de una colina, ella le toco brevemente la mano, con temor a su reacción y, sobre todo, a lo que sus amigas y los amigos de él pudieran pensar.

Pasearon a la luz de la luna de la mano, cuando volvieron a la explanada donde estaban las tiendas de campaña descubrieron que quedaba una vacía, aunque nunca supieron si había sido idea de los amigos de él o de las amigas de ella. Y allí, la curiosidad venció al miedo. Sus labios recorrieron el rostro de ella, sus ojos, su pelo y, como si estuvieran recogiendo los frutos de un árbol prohibido, encontraron sus labios y se unieron en un interminable beso. Luego, entre caricias y besos, compartieron sueños...

En los días siguientes era él el que la esperaba a la salida de la escuela. Ha pasado mucho tiempo pero sigue recordando el desorden de su pelo y el vuelo de la falda del uniforme. Juntos comenzaron a descubrir un nuevo mundo, donde se mezclaba el sabor dulce y extraño de los besos, el frío de los portales.

Un día ella le dijo que estaba enamorada... pero no de él. El cuento se acababa, pero decidieron seguir siendo amigos.

Ahora han pasado como 13 años y la melancolía recorre sus pensamientos, recuerda su risa, su pelo revuelto al salir del cole, la noche en la que soñaron juntos y, sobre todo, el olor de su piel y el sabor salado de aquel beso furtivo y adolescente en una noche cualquiera de primavera en la que, sin tener muy claro cómo funcionaba aquello, sintió por primera vez lo que luego más tarde descubrió que llamaban amor.






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